
Introducción:
Durante mucho tiempo creí que el deporte era la solución. Que correr, entrenar duro o exigirme físicamente era suficiente para sanar lo que llevaba dentro. Y sí, es verdad que el cuerpo responde, que el estrés baja y uno se siente mejor… pero hay heridas que ni los kilómetros curan, y cargas emocionales que no se eliminan con más repeticiones.
El engaño de la canalización:
Vivimos en una cultura que nos dice que “canalizar” es saludable. Que con mantenernos ocupados o redirigir las emociones en actividades constructivas todo está bien. Pero la realidad es que eso puede ser también una forma de evasión.
Yo canalicé a través de muchas cosas. Busqué desconexión en ciertos placeres, en ambientes sociales que me hacían olvidar, en rutinas que me daban sensación de control. Pero por dentro, lo que no se resolvía… seguía ahí, esperando.
El tráfico emocional:
Me di cuenta que mi vida emocional era como una carretera congestionada. Había sentimientos entrando y saliendo todo el tiempo, y yo pensaba que lo importante era aprender a “modular el tráfico”. Pero el problema real no era el flujo… era la acumulación.
¿Por qué había tanto ahí adentro? ¿Por qué ese ruido emocional?
Y es entonces cuando me enfrenté con lo más difícil: detenerme y mirar.
Lo que descubrí al mirar dentro:
Empecé a entender mis patrones.
Desde niño sentí que no encontraba mi lugar dentro de mi familia.
A muy temprana edad fui expuesto a cosas que marcaron mi forma de entenderme a mí mismo. Lo guardé todo en silencio.
Y crecí aprendiendo a tolerar, a callar, a aguantar… hasta que el cuerpo y el carácter comenzaron a hablar por mí, de formas que ni yo entendía.
De canalizar a conocerse:
Hoy sé que el deporte sigue siendo una gran herramienta. Me encanta. Es parte de mi vida. Pero no basta.
He necesitado introspección, ayuda emocional, acompañamiento profesional. He aprendido a sentarme con mis emociones, a entenderlas, a no tenerles miedo.
No se trata solo de sacar lo que sientes, sino de entender por qué está ahí.
Conclusión:
Canalizar no es malo. Es necesario. Pero no es el final del camino.
El verdadero trabajo es conocerse. Reconocer lo que has vivido, lo que cargas, lo que duele… y decidir que ya no quieres seguir escapando.
Conocerte es más difícil que una carrera de fondo. Pero cuando das ese paso, empiezas a correr más ligero, más libre… más tú.