Reencuentro

10:30 de la mañana. El sol ya no da tregua, y mis sandalias crujen sobre la piedra caliente. Llevo 9 kilómetros corriendo entre monte, tierra y silencio. El sudor me escurre, pero no me pesa. Estoy en casa.
Me detuve aquí, entre estas montañas, porque algo dentro de mí lo pidió. No para descansar, sino para reconocer que he vuelto.
Mi cuerpo está fuerte. Mi mente está clara. Pero más allá de eso, estoy presente. Conectado. Vivo. Este lugar, este instante, no es una meta: es un reencuentro conmigo mismo. Con lo que soy cuando no tengo que fingir, cuando solo estoy yo, la tierra, el sol y mi voluntad.
No hay público. No hay aplausos. Solo la verdad. Y ahí, en ese momento exacto, supe que todo lo que he atravesado me ha traído justo donde tenía que estar.
Y mientras respiro ese silencio, me pregunto… ¿será este amor por estar solo lo que me ha apartado tantas veces? ¿Será esta fuerza que me impulsa a caminar sin compañía lo que ha hecho difícil compartir el camino?
No tengo todas las respuestas, pero sí sé esto: no requiero de nada, es verdad. Pero quizá he confundido no necesitar con no invitar. Tal vez mi tarea no sea dejar de ser quien soy, sino aprender a abrir un espacio para otros sin dejar de ser yo.
Porque aunque este camino es mío, y lo recorro con gozo, sé que los tramos más duros, más bellos y más verdaderos… no siempre se caminan solo.
Miguel sigue caminando… y no muestra ningún signo de que vaya a detenerse.

Deja un comentario