Niños corriendo descalzos: libertad en movimiento

Recuerdo a Rebeca. Me veía correr en el parque del fraccionamiento y también lo intentaba. A veces descalza, como yo; otras con tenis. Pero ahí estaba, disfrutando del correr.

Una vez estaba enojada —tenía unos 6 o 7 años, no recuerdo bien por qué— y le dije: “A ver, vamos al parque”. La llevé y le pedí que le diera dos vueltas al parque. Cada vuelta era de 250 metros. No sé si corrió una o dos, pero luego le pregunté: “¿Cómo te sientes? ¿Sigues enojada?”. Me dijo que sí. Así que le dije: “Bueno, dale otra vuelta”. Al final corrió unas cinco vueltas. Ya para entonces, me dijo riéndose: “No, ya estoy bien”.

Me dio risa. Se me había olvidado ese detalle, pero lo traigo otra vez a la memoria con cariño. Sabía que a Rebeca le gustaba correr. Por eso se lo propuse: para que sacara el coraje corriendo. Esa fue mi manera de ayudarle a soltar lo que traía dentro.

Ahora que tiene casi 11 años y le recuerdo cómo corría descalza, me hace caras de “guácala” y se ríe. Ya no están acostumbrados a andar descalzos.

Nicolás también. Él sí era descalzo por naturaleza. Teníamos un terrenito sin sembrar, con pura tierra, y lo cruzaba sin miedo, sin quejarse, pisando lo que fuera. Tendría dos o tres años. Si, eran niños corriendo descalzos.

Fue una época muy bonita. Lamento que cuando salí de la casa, ellos cambiaron de hábitos. Pero me queda ese pensamiento: qué interesante hubiera sido seguir juntos esa rutina… ellos creciendo y corriendo, descalzos, como niños libres.

Sueño con el día en que mis hijos, ya adolescentes, corran conmigo entre las montañas. Que me digan: ‘Vamos, papá’, no porque los empuje, sino porque recuerdan que correr juntos fue parte de lo que nos unió desde siempre. Por eso sigo cuidando mi cuerpo, mis pasos, mi salud. Porque quiero estar listo para ese día. No como un hombre que quedó atrás, sino como uno que aún corre adelante, mostrándoles el camino.

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