Frente al sol en la ciudad

Son las 9:30 de la mañana, el sol caía sin filtros, directo, implacable. La temperatura rondaba los 30 grados y en la parada de camión, hay muchas personas y todos buscaban algo que no había: sombra. Nadie se atrevía a sentarse en la banca, seguramente por el calor que retenía el metal. Todos de pie, inquietos, girando sobre su propio eje, como si eso fuera a disminuir la incomodidad.

Yo llegué, vi la escena… y me senté.
No fue un acto de valentía ni una declaración pública… simplemente tomé mi lugar.

El calor era real. La banca estaba caliente. Pero no me moví. Cerré los ojos un instante, respire hondo y me dejé estar, mi cuerpo comenzó a sudar. Sin distraerme. Sin quejarme. Sin competir. Solo presente.

El sudor fue mi aliado, el sol mi entrenador y la banca mi prueba.

Y yo en mi rutina de cada mañana, pero en esta ocasión hubo algo diferente:
Esa mañana, entre la multitud de personas hice algo distinto: me adapté y eso marcó la diferencia.
Las grandes lecciones no siempre llegan con fanfarrias, a veces se presentan en lo cotidiano, en lo simple, en lo que la mayoría descarta como insignificante. Pero ahí, en esos momentos, se moldea el carácter.

No fue sólo el sol ni la banca, era yo, ya despierto desde antes del alba, preparando todo para mi dia, caminar, gimnasio, ir rumbo al trabajo, en mi trayecto con esfuerzo. El momento en la parada no fue una casualidad… fue la cosecha de lo que ya venía sembrando desde las 4:30 a.m. Así se forja el carácter: en lo oculto, antes de que alguien mire.

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