
Hoy me tocó vivir una escena digna de sketch cómico… pero en vivo y en plena recepción de un banco.
Estaba con un ejecutivo, recogiendo unos documentos. Todo tranquilo, ambiente formal, plática de oficina. De repente, siento algo que se pasea por mi brazo. Pensé que era un mosco o una avispa, así que me sacudí como cualquier hijo de vecino. Pero no… la cosa no solo no se fue, ¡se metió por el cuello de mi camisa!
Y ahí fue donde entró el instinto. Gracias a Dios traía camisa interior, así que el invasor no estaba directamente en contacto con mi piel, pero sí lo sentía moviéndose por el pecho. Sin perder la postura, empecé a hacer presión para inmovilizarlo. Me veía como si estuviera ejecutando una especie de danza interpretativa mientras hablaba de trámites bancarios.
El ejecutivo, con una mezcla de pena y preocupación, me dice:
—“Miguel… pues ábrete la camisa, sácala, que se salga.”
Me saco la camisa por dentro del pantalón y ¡zas! sale corriendo el cucaracho.
Sí. No cucaracha. El Sr. Cucaracho con todas sus letras y presencia varonil.
Lo bueno es que lo alcancé a aplastar antes de que hiciera más trámites por su cuenta. No quería que el Sr. Cucaracho solicitara su línea de crédito.
Lo que aprendí ese día
- A veces la compostura nace del entorno, no de uno mismo.
Si esto me hubiera pasado solo, en casa o en la calle, créeme que pego el grito, manoteo y hasta salgo corriendo. Pero en recepción de un banco, con gente al lado, con la etiqueta invisible de “cliente serio”, mi cuerpo decidió no hacer el show. No fue autocontrol consciente… fue el lugar el que me sostuvo. - Hay momentos en los que no solo tienes que mantener tu calma, sino ayudar a que otros no se avergüencen.
Vi en la cara del ejecutivo ese gesto de: “¡Qué pena con el cliente!” Y pensé, no es su culpa. Lo mejor que pude hacer fue sonreír, bajarle el tono al momento y seguir como si nada. Porque cuando algo inesperado pasa en un entorno profesional, lo importante no es el bicho… sino cómo reaccionamos.
Y claro, esto me llevó a acordarme de la prepa. ¿Quién no vivió esa clásica escena de llegar al salón, abrir la mochila, y de repente ver salir un pequeño cucarachito de entre los libros? La cara de “se me metió desde mi casa” era peor que la boleta de calificaciones. ¡Vergüenza máxima!
Y sin embargo, ahora lo recuerdo y me da risa.
Así es la vida: te manda pequeños cucarachos para ver si pierdes el estilo.
Y uno tiene que decidir si hace un escándalo… o lo convierte en anécdota.
📝 Publicado por Miguel Rdz
anécdotas #compostura #humorurbano #cucaracho